La pedagógica belleza de una liturgia eucarística solemnemente celebrada
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En cierta ocasión, vi en el jardín de un palacio un reloj de sol. Me pareció muy curioso. Me aproximé para analizarlo y comprobé que marcaba la hora correcta: nueve y media. Entre los variados y utilísimos beneficios que nos proporciona la luz del astro rey, hay uno al que muchos no le dan la debida importancia, y sin embargo es indispensable: señalar con exactitud la hora exacta para toda la humanidad.
Hubo un tiempo en que los hombres se orientaban durante el día con el sol y a la noche con las estrellas. De otro modo, ¿cómo podrían saber si eran las nueve de la mañana o las tres de la tarde? Cabe imaginar las diferencias de opinión que resultarían de ello, porque cada cual querría adaptar el horario a su propia conveniencia… Así, para presidir el tiempo, Dios creó el curso solar, que sigue con puntualidad inmutable las leyes establecidas por el Supremo Artífice. |