La prueba de la existencia de Dios por las cinco vías de Santo Tomás de Aquino

Redacción (Jueves, 31-03-2011, Gaudium Press) Al observar el curso de la historia vemos que no faltó quien negase la real existencia de Dios. Podríamos justificar ese hecho, diciendo que tales personas no fueron dotadas con el don de la fe. Pues a primera vista parece que el conocimiento de Dios es fruto de este don.

Entretanto, Santo Tomás de Aquino hace la demostración de pruebas meramente naturales acerca de la existencia de Dios. La propia razón humana es capaz de llegar a la idea de la existencia del Creador. Por eso, no admitir la existencia de Dios no es racional, como tampoco lo es apoyarse en un vago y convencional dogma de negación.

La doctrina de la Iglesia sobre la existencia de Dios se basa en la Revelación; sin embargo la simple filosofía humana es capaz de vislumbrar a Dios, así como algunos de sus atributos. Santo Tomás de Aquino, el mayor teólogo de la Historia de la Iglesia, tuvo el mérito de reunir y explicar estos conceptos sobre la existencia de Dios[1].

Este santo, conocido como Doctor Angélico, distingue cinco caminos por los cuales nuestra inteligencia puede admitir la existencia de Dios. El plan de las cinco vías es altamente claro, simple y didáctico.

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Primera vía: la prueba por el movimiento

La primera vía de raciocinio para llegar al conocimiento de la existencia de Dios es la prueba del movimiento. En lenguaje corriente, movimiento significa cambio de lugar. Al caminar de un lugar para otro, ejerzo un movimiento. Sin embargo, hay también otro sentido de la palabra movimiento. El movimiento significa cualquier modificación de los seres.

En otras palabras, hay dos tipos de movimiento: el primero es el movimiento de lugar dado en la locomoción que un ser corpóreo hace, de un lugar a otro; el segundo, es el movimiento de sucesión que ocurre en el crecimiento de un niño hasta su pleno grado de madurez. Ambos movimientos son fácilmente perceptibles por los sentidos.

Antes del movimiento todos los seres están en potencia [2], esto es, poseen una posibilidad de tornarse diferentes de lo que son. En filosofía el desarrollo de una potencia se denomina actualizarse. Un cuerpo frío en acto puede venir a ser caliente, o sea, él es caliente en potencia. Movimiento es, por tanto, cualquier paso de potencia para acto (Actualización). En otras palabras, el acto es la realización como la potencia es la posibilidad de realización. Por ejemplo, una semilla en acto es una semilla, pero en potencia, es un árbol.

El movimiento no es la sucesión de dos estados, sino el paso que un ser hace de un estado el otro. Por ejemplo, el fuego que es caliente en acto, torna la madera que está en potencia para el calor, caliente en acto. De este modo, hay una realidad que permanece bajo los dos estados, y el cambio consiste en recibir la actualización del segundo estado (frío), por el cual la cosa (la madera) existe ahora de otro modo (caliente), esto es, modificada. El cambio por tanto incluye siempre una adquisición de algo que antes el ser no poseía.

Dado que es evidente a todos esta experiencia de los sentidos, Santo Tomás la toma como punto de partida de la primera vía racional para probar la existencia de Dios: “Nuestros sentidos certifican, con toda seguridad, que en este mundo algunas cosas se mueven. Ahora, todo lo que es movido, es movido por otro. Nada se mueve que no esté en potencia en relación al término de su movimiento; al contrario lo que se mueve lo hace como se encuentra en acto” (S. Th. I, q.2, a. 3).

Todo se mueve, todo cambia, todo pasa de un estado a otro, no solamente en el sentido del movimiento local, sino de cambio substancial, como en la generación de nuevas substancias (la madera puede volverse carbón). También accidental, como el aumento o disminución cuantitativa (el cachorro crece y se convierte en adulto). Y como variación cuantitativa, ya sea en el orden material sea en el orden espiritual (mayor peso, más gracia).

Así, si lo que mueve es también movido, lo es necesariamente por otro, y éste por otro también. Ahora, no se puede continuar hasta el infinito, pues en este caso no habría un primer motor, por consiguiente, tampoco otros motores, pues los motores segundos solo se mueven por la moción de otro motor. Luego, es entonces necesario llegar a un primer motor, no movido por ningún otro, y éste, todos entienden: es Dios” (S. Th. I, q.2, a. 3).

El Primer Motor – Dios – es puro acto, existencia subsistente. Debe ser acto, pues siendo moviente, debe tener en acto la perfección que él comunica; debe ser puro, sin mezcla de potencialidad, pues es moviente inmóvil e inmutable. Después, el moviente inmóvil es puro acto como existente: es la Existencia misma subsistente [3].

Solo es independiente en su actividad quien es la propia actividad, y solo es la actividad quien es la existencia; solo comunica la perfección quien produce la existencia de ésta, y solo puede tener por efecto propio “hacer existir” quien es la existencia. Luego, el primer moviente inmóvil es su existencia: DIOS.

Segunda vía: prueba por la causa eficiente

Conforme la primera vía, una semilla tiene la posibilidad de tornarse (actualizarse) en árbol. Ya en la segunda nos detendremos en mostrar que la semilla para ser árbol, necesita de causas entre sí subordinadas, o sea, que dependan unas de las otras en el actuar y en el existir. Sin la tierra, el aire, el agua, el sol, etc., la semilla no encontraría condiciones para su desarrollo. Así, el clima y las substancias que alimentan la planta son causas de vida para el vegetal. Sería por tanto una locura afirmar que la semilla es causa de sí misma, pues para ser su propia causa necesitaría existir antes de sí misma.

La segunda vía sigue substancialmente el mismo camino de la primera. Sin embargo, no se basa en el cambio y pasividad de los seres, y sí, en la dependencia y causalidad que hay en las actividades de ellos. Es muy clara la semejanza entre la primera y la segunda vía, pues ambas nos llevan a la necesidad de una causa inicial. Entretanto, consideramos anteriormente la existencia y la necesidad de una causa motriz, y ahora trataremos de considerar la obligatoriedad de que exista una causa eficiente [4].

Al observar la creación, notamos en las cosas sensibles una relación de causas. De esta forma, no se puede encontrar un ser que sea su propia causa eficiente. Siendo la causa anterior al efecto, sería absurdo, considerar un ser que fuese su propia causa eficiente, pues sería él anterior a sí mismo. Entretanto no es posible llevar al infinito la serie de causas eficientes. Esto puesto, se vuelven evidentes dos posibilidades: que algo sea causa de sí propio y que la serie de causas sea remontada al infinito.

Hay, pues, una orden de causas donde la primera es la causa de la segunda, ésta, de la tercera y así sucesivamente hasta la última. Tanto en una causa intermediaria que une la primera a la última como en una variedad de otras causas intermediarias, la causa primera es la causa del último efecto, de tal forma que suprimiendo la causa se suprime el efecto, y si no hay un primer término en las causas, no habrá ni intermediario ni último. Las causas intermediarias son, por consiguiente, efectos de la causa originaria. No se admite efectos sin causa, según el principio básico de causalidad [5].

Así, las causas subordinadas de los seres nos llevan directa e inmediatamente a una causa eficiente primera con ciertos atributos:
Esta causa es Infinitamente perfecta, porque siendo la existencia misma subsistente, es todo lo que puede existir, esto es, todos los modos de ser, todas las perfecciones; Inmaterial, porque la materia es potencia. Ahora, la causa primera no sufre cambios por ser ella acto puro; Inteligente, porque la inmunidad y excepción de la materia es la causa de la facultad intelectual, que se caracteriza por hacerse actualmente inteligibles las formas materiales abstrayéndolas de la materia y las condiciones de la materia; No subordinada e incausada (sin causa), pues no puede ser causada por otra, caso contrario no sería la primera, ni podría ser absolutamente independiente en el actuar y en el causar[6]. A esta causa eficiente primera llamamos: DIOS.

Tercera vía: prueba por el ser necesario

La tercera vía también hace un camino semejante al de las anteriores. Entrando más íntimamente en la esencia de los seres del universo, busca el punto de partida en la entidad de estos seres contingentes, o sea, dependiente de otro ser necesario para existir.

El contingente [7] es cualquier ser que existe, pero podría no existir, por no tener en sí mismo, en su esencia, la razón de su existencia. Por ejemplo, un niño para desarrollarse y sobrevivir necesita de minerales, vitaminas, nutrientes, etc., encontrados en la leche materna. El niño es contingente al regazo de la madre.

Ahora, la idea de contingente está en oposición a la de necesario. El necesario es, pues, el ser existente que de algún modo puede no existir, porque tiene en sí la razón absoluta de su existencia. Conteniendo en su propia esencia su existencia, sería absurdo no existir. Expuestos los conceptos de contingente y necesario se llega a una conclusión obvia que la existencia de lo contingente está justificada en el ser necesario que la comunica.

Con efecto, todo lo que puede ser o no ser, es mutable. Ya que el ser necesario tiene que ser inmóvil, como Santo Tomás demostró en la primera vía, no hay en él posibilidad de ser o no ser. De esta forma, todo ser que es, y que es imposible que no sea, es necesariamente. Porque la posibilidad de existencia y de no existencia significa la misma cosa. Además, los seres que poseen la posibilidad de ser o no ser necesitan de otro ser que sea distinto a ellos, que les comunique el ser, por tener aptitud en su naturaleza para tal. Visto que el ser que comunica el existir es anterior al que recibe, es necesario afirmar la existencia de un ser anterior al que posee la privación de ser por sí. En último análisis, nada existe sino por el ser que es la existencia subsistente, nada posee la belleza sino por la belleza subsistente, nada posee el bien sino por la bondad subsistente, nada está en acto sino por el acto puro [8].

Admitir un contingente existente incausado, es admitir un ser que tiene y no tiene en sí la razón suficiente de su existencia: lo que es contradictorio. Luego, la existencia de lo contingente implica forzosamente la existencia de su causa. Esta causa existe necesariamente por sí o recibe de otro su existencia. Ahora, sin un ser que exista por sí mismo, nada existe, pues alguna cosa no puede venir a ser de la nada: de este modo nada existiría. Por consiguiente, no puede una serie ser contingente sin que haya fuera de ella un ser primero no causado, que posea en su esencia su existencia y pueda ser la fuente de la esencia de los seres.

Por tanto, los seres contingentes exigen la existencia de un ser que no haya comenzado a existir; un ser no causado, que exista por sí mismo, que haya existido siempre y que sea necesario a los demás. Este ser necesario encuentra en su propia esencia su existencia que es infinita, caso contrario estaría creando otro ser infinito y necesario, y éste, otro y así sucesivamente. Ahora, la serie de contingencia sigue al infinito. Así, los seres creados tienen por un lado la esencia y, por otro, tanta existencia cuanto su esencia pueda permitir, o sea, tienen una limitación propia a su esencia [9]. De esta forma, es necesario afirmar la existencia de un ser necesario por sí mismo y que es la causa y la necesidad de todos los otros: DIOS.

Cuarta vía: prueba por los grados de perfección de los seres

Esta vía no evidenciará el cambio, la actividad, la generación o corrupción, sino la limitación con que ciertas perfecciones existen en los varios seres. En otras palabras, los grados de bien que residen en las criaturas.

Vemos en los seres que unos son más o menos buenos, verdaderos y nobles que los otros. Así, nadie duda que el hombre sea más perfecto que el animal; el animal más que el vegetal; y éste más que el mineral. Lo mismo se debe decir de la bondad, la verdad, la nobleza y de las otras perfecciones semejantes, las cuales se encuentran en todos los seres según una diversidad de grados, en virtud de la cual algunos seres son más perfectos que otros.

Santo Tomás de Aquino observa que “se encuentra en las cosas algo más o menos bueno, más o menos verdadero, más o menos noble, etc. Ahora, más y menos se dicen de cosas diversas conforme ellas se aproximan diferentemente a aquello que es en sí lo máximo”. [10]

En otras palabras, “más o menos” no dice respecto a las cosas en sí, pero sí, entretanto en que ellas se aproximan en grados diversos de lo que es en grado máximo. Por ejemplo, algo se torna más frío cuando se aproxima al frío en grado máximo. De esta forma hay algo que es en grado supremo el bien, la verdad, la nobleza y, a su vez, el grado máximo del ser. Así, lo que es el grado máximo del género es causa y medida de todo ese género: El hielo que es grado máximo de frío, es causa y medida de todo frío.

De la existencia de estas perfecciones limitadas y graduadas se deduce la existencia de un ser perfectísimo. Ser sublime en el cual residen todas las perfecciones en su grado sumo. João Ameal concluye que, “Hay, entonces, un ser soberanamente bello, soberanamente bueno, soberanamente perfecto. Pero aquello que es soberano, supremo en algún género, es causa de todos los seres del mismo género”. [11]

Ya San Agustín se refiere a los antiguos filósofos, al haber visto que en todas las cosas mutables el modo por el cual un ser es lo que es solo le vendrá del ser verdadero e inmutable por esencia:

“Comprenderán, además, que en todo ser que cambia, toda forma que lo hace ser lo que es, cualquiera sea su naturaleza y sus modos, no puede ella misma existir sino por Aquel que es verdaderamente porque es inmutablemente. Es de ahí que, ya sea el cuerpo del mundo entero, su estructura, sus propiedades, su movimiento regular, sus movimientos escalonados del cielo a la tierra y todos los cuerpos que él encierra; ya sea toda la vida: la que sustenta y mantiene el ser, como en los árboles; la que, además, posee sensibilidad, como en los animales; la que agrega a todo esto la inteligencia, como en los hombres; o la que, sin necesidad de disposiciones, se mantiene, goza de sentimientos y de inteligencia como en los ángeles, no puede mantener su ser sino por Aquel que simplemente es”. [12]

Por esta razón, Santo Tomás al explicar que “si alguien yendo a una casa y desde la puerta fuese sintiendo calor y cada vez que más en ella penetrase más calor sintiese, evidentemente percibiría que había fuego en su interior, aunque no estuviese viendo el fuego. Sucede lo mismo con nosotros al considerar las cosas de este mundo. Todas las cosas están ordenadas conforme diversos grados de belleza y de nobleza, y mientras más están próximas de Dios, tanto mejores y más bellas son. Ahora, los astros son más nobles y más bellos que los cuerpos inferiores; las cosas invisibles, que las visibles”. [13]

De este modo la cuarta vía, para encontrar la razón suficiente de las perfecciones existentes en el mundo, nos conduce necesariamente a la existencia real de un Ser perfecto, único y simple, el cual es evidentemente distinto de los seres del universo: DIOS.

Quinta vía: prueba por el orden del universo

Si consideramos el orden existente en el universo, desde los componentes microscópicos existentes en una planta hasta los gigantescos astros del firmamento; la armonía, la actividad y relación entre ellos, fácilmente llegamos a la siguiente conclusión: hubo una Inteligencia que creó y ordenó todo esto, caso contrario sería absurdo decir que esto es fruto del acaso.

“De hecho, solo la inteligencia puede ser razón del orden, quiere decir, de la organización de los medios en vista de un fin, o de los elementos en vista del todo que ellos componen: los cuerpos ignoran los fines y, por consiguiente, si los cuerpos o los elementos conspiran en conjunto, es necesario que su organización haya sido obra de una inteligencia”. [14]

Los seres que carecen de conocimiento no pueden velar a sus respectivos fines sin que haya un ser que conozca tales fines. Así, una flecha no puede alcanzar el blanco sin el arquero que la dispare. Garrigou-Lagrange explica que:

“los seres privados de razón no tienden a un fin si no son guiados por una inteligencia, como la flecha por el arquero. Con efecto, una cosa no puede estar ordenada a la otra sino por una causa ordenadora, que necesariamente debe ser inteligente, ‘sapientis est ordinare’. ¿Por qué? Porque solo la inteligencia conoce la razón de ser de las cosas”. [15]

Esto puesto, ¿qué la inteligencia ordena el universo? Obviamente hay que ser diferente de los seres de la naturaleza, porque los minerales y vegetales son desprovistos de la ciencia de las cosas y los animales no poseen intelecto. Debe ser también diferente de la inteligencia humana, que a pesar de percibir y explicar el orden que existe, no la crea. Tiene que ser, pues, la suma inteligencia, dado que el orden del universo supone un ser que posea la ciencia de todos los seres y sus propiedades. Por eso concluye Garrigou-Lagrange:

“Los animales conocen sensiblemente el objeto que constituye su fin, pero en este objeto no perciben la razón formal del fin. Por consiguiente, si no hubiese una inteligencia ordenadora, que gobernase el mundo, el orden y la inteligibilidad, que hay en el universo y que las ciencias descubren, provendría de la inteligibilidad, y aún más, nuestras propias inteligencias provendrían de una causa ciega e ininteligible; una vez más, lo más saldría de lo menos, lo que es absurdo”. [16]

Es indispensable afirmar que la Inteligencia Creadora y Ordenadora del universo es Infinita y Divina. Un ser natural, en su creación no es precedido por nada y sus propiedades y capacidades provienen de su propia esencia. De ahí el orden interno de cada ser y, por consecuencia, de las relaciones de estas esencias entre sí, resulta el orden externo del universo.

Siendo la causa total de todo orden, el Autor de estas esencias debe ser también Creador, por quitarlas de la nada. Por tanto la Inteligencia ordenadora es también Creadora. Además, esta inteligencia no puede haber sido creada, porque sería como cualquier otro ser existente y no ordenaría, sino sería ordenada por otra inteligencia. Por último, la Inteligencia ordenadora debe ser también por sí subsistente e infinita. A este ser Creador, Subsistente por sí e Infinito, llamamos: DIOS.

Publicado 2011/03/31
Autor: Gaudium Press

4 comentarios en “La prueba de la existencia de Dios por las cinco vías de Santo Tomás de Aquino

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